Equinoccio, memoria y verdad: la historia no debe recortarse.
Fernando Sandoval
Con la llegada del Equinoccio, vuelve también la discusión sobre cómo contamos nuestra historia y cómo decidimos representarla en el presente. Esta vez, se ha planteado retirar del discurso y de la representación pública el tema del sacrificio, a petición de la presidenta Tonantzin Fernández. La decisión puede entenderse desde una lógica institucional, turística o incluso de sensibilidad social; sin embargo, la historia no puede maquillarse a conveniencia ni contarse por partes solo para hacerla más digerible.
La historia debe ser narrada como fue: cruda, compleja, contradictoria y profundamente humana. Negar que en los pueblos originarios existieron prácticas rituales de sacrificio sería tan falso como reducir toda la grandeza de las civilizaciones prehispánicas a ese solo aspecto. Ambas posturas son simplistas, cómodas y peligrosas. Porque ni nuestros ancestros fueron únicamente sabiduría, astronomía y armonía, ni la conquista española fue solamente barbarie, saqueo y destrucción. La verdad histórica, aunque incomode, exige matices.
Nuestra propia cultura está hecha de contrastes. Está formada por luces y sombras, por esplendor ceremonial y por violencia ritual, por resistencia indígena y por imposición colonial. Negar cualquiera de esas partes no fortalece la identidad; la debilita. Nos vuelve una sociedad que prefiere el relato decorado antes que la memoria completa.
Tampoco se puede negar el mestizaje. México no se entiende sin la mezcla entre españoles e indígenas, una fusión dolorosa, conflictiva y muchas veces impuesta, pero también definitiva en la construcción de lo que hoy somos. Pretender borrar una de esas raíces por corrección política, por narrativa ideológica o por conveniencia discursiva, es seguir deformando la historia.
El Equinoccio no tendría que ser solo una postal turística, ni un espectáculo recortado para no incomodar sensibilidades. Debería ser también una oportunidad para reflexionar sobre lo que fuimos, lo que somos y lo que todavía nos cuesta aceptar. Porque honrar el pasado no significa inventarle pureza, sino mirarlo de frente.
Si se quiere exaltar la riqueza cultural de nuestros pueblos originarios, que se haga con dignidad y verdad. Pero que no se caiga en la tentación de censurar lo incómodo para construir una versión edulcorada del pasado. La historia no está para agradar a los gobiernos en turno, sino para enseñarnos, incluso cuando duele.
Por ello, se tiene que replantear:
Equinoccio, memoria y verdad: la historia no se debe recortar para que resulte cómoda
Se acerca nuevamente el Equinoccio, uno de los momentos más simbólicos, visitados y publicitados en la región de Cholula. Como cada año, el fenómeno convoca no solo a turistas, visitantes y creyentes de distintas corrientes espirituales, sino también a autoridades, organizadores y promotores culturales que buscan dar forma a la narrativa pública de este acontecimiento. Sin embargo, esta vez el debate no gira únicamente en torno al flujo turístico, a la organización del evento o a la derrama económica. Hay un punto de fondo mucho más delicado: la intención de retirar el tema del sacrificio de la representación y del discurso histórico, a petición de la presidenta Tonantzin Fernández.
La decisión, desde luego, puede explicarse políticamente. Puede justificarse bajo el argumento de proyectar una imagen más armónica, más amable y más digerible del pasado indígena. Puede también venderse como una acción para evitar la estigmatización de los pueblos originarios o como una estrategia para centrar la atención en la riqueza cultural, astronómica, ceremonial y espiritual de las civilizaciones prehispánicas. Pero una cosa es contextualizar la historia con responsabilidad, y otra muy distinta es mutilarla para que encaje en el guion político o turístico del momento.
La historia no está para ser adornada según convenga. No está para ser rebajada a propaganda institucional, ni para quedar reducida a una versión apta para actos públicos, ceremonias oficiales o campañas de promoción cultural. La historia, si ha de ser útil, debe ser contada como es: áspera, contradictoria, luminosa en ocasiones, brutal en otras, pero siempre compleja. La memoria no sirve cuando se selecciona con criterios de comodidad. Sirve cuando obliga a pensar.
Y aquí es donde hay que ser claros. Negar que en diversas culturas mesoamericanas existieron prácticas de sacrificio ritual sería intelectualmente deshonesto. Sería un intento de embellecer el pasado para ajustarlo a sensibilidades contemporáneas. Pero también sería igual de falso, injusto y reduccionista pretender que las grandes civilizaciones originarias pueden resumirse únicamente a sangre, violencia y sacrificio. Ese ha sido, durante siglos, uno de los vicios más perversos de la mirada colonial: reducir la profundidad filosófica, arquitectónica, agrícola, astronómica, religiosa y comunitaria de los pueblos indígenas a una sola de sus expresiones rituales, para así justificar su sometimiento, su evangelización forzada y su destrucción cultural.
Por eso el problema no es hablar del sacrificio. El problema es cómo se habla de él. Si se le menciona sin contexto, se cae en la caricatura. Si se le borra por completo, se cae en la falsificación. Y entre la caricatura y la falsificación, lo único que pierde es la verdad.
La historia de los pueblos originarios de esta tierra no necesita maquillajes. Necesita ser defendida con conocimiento, con seriedad y con profundidad. Necesita que se diga que hubo un desarrollo extraordinario de la astronomía, de la observación del tiempo, del calendario, del culto a la naturaleza, de la organización ceremonial y del sentido comunitario. Pero necesita también que se reconozca que esos mundos no eran utopías exentas de violencia. Como no lo fue ninguna civilización antigua. Como tampoco lo fue la Europa que llegó con espada y cruz a imponer un nuevo orden.
Porque aquí conviene decir algo que a veces incomoda a quienes prefieren una historia dividida entre buenos absolutos y malos absolutos: ni los pueblos originarios fueron una pureza ideal e incontaminada, ni los españoles representaron una sola cara uniforme del mal. La historia real no funciona en esos términos. Nuestra cultura, nuestra identidad y nuestra propia composición social nacen precisamente de una tensión histórica brutal entre dos mundos que se enfrentaron, se destruyeron, se mezclaron y se transformaron mutuamente.
México no puede entenderse sin esa mezcla. Nos guste o no, nuestra raíz es mestiza. Y decirlo no implica celebrar la violencia de la conquista ni minimizar el sometimiento indígena. Implica reconocer un hecho histórico que dio lugar a la nación que hoy existe. Somos resultado de una fusión conflictiva, dolorosa, desordenada y muchas veces impuesta entre lo indígena y lo español. Pretender borrar cualquiera de esos componentes es una forma de mentira. Y toda mentira histórica, por elegante que parezca, termina teniendo consecuencias políticas.
Hoy vivimos tiempos en los que con demasiada facilidad se intenta reescribir el pasado para adaptarlo a narrativas ideológicas presentes. A veces se romantiza el mundo prehispánico como si hubiese sido una civilización perfecta, ajena a toda contradicción. Otras veces se reivindica la herencia hispánica sin asumir el peso de la imposición, la violencia y el despojo. En ambos casos hay manipulación. En ambos casos hay una voluntad de usar la historia no para comprendernos, sino para acomodar discursos.
Y eso es exactamente lo que no debería ocurrir con el Equinoccio en Cholula, un espacio que no solo tiene valor turístico o ceremonial, sino también un peso histórico y simbólico enorme. Cholula no es un escenario vacío al que se le pueda poner cualquier relato dependiendo de la agenda del año. Cholula es un territorio cargado de memoria, de sincretismo, de dolor, de resistencia, de sustitución religiosa, de permanencias culturales y de reinvenciones colectivas. Ahí conviven la pirámide y el templo, la raíz indígena y la marca colonial, la espiritualidad ancestral y la apropiación posterior del espacio sagrado. Es, quizás, uno de los lugares donde la mezcla de mundos se ve con mayor claridad.
Por eso resulta delicado que desde el poder público se decida qué parte de la historia debe decirse y cuál debe callarse. Porque cuando un gobierno, una autoridad municipal o cualquier figura pública empieza a administrar la memoria en función de conveniencias narrativas, se cruza una línea peligrosa. Se deja de promover cultura y se empieza a diseñar un relato oficial. Y los relatos oficiales, por regla general, tienden a excluir lo que incomoda.
La petición de eliminar el tema del sacrificio puede parecer menor para algunos. Puede parecer apenas un ajuste simbólico dentro de un acto o de una representación. Pero en realidad abre una discusión más profunda: ¿queremos una historia completa o una historia utilitaria? ¿Queremos ciudadanos capaces de entender la complejidad de su pasado o audiencias complacidas con una versión simplificada para el consumo masivo? ¿Queremos memoria o espectáculo?
Porque eso también hay que decirlo: muchas veces el Equinoccio se ha convertido más en una postal que en una reflexión. Más en una escenificación comercial y políticamente rentable que en una oportunidad genuina para pensar el pasado. Se vende una experiencia espiritual, energética, turística o identitaria, pero pocas veces se asume la responsabilidad de abrir conversaciones serias sobre el origen profundo de esos símbolos. Se convoca a la celebración, pero no necesariamente al entendimiento.
Y es precisamente ahí donde las autoridades deberían actuar con mayor madurez. No para cancelar aspectos de la historia, sino para explicarlos mejor. No para censurar, sino para contextualizar. No para imponer un silencio sobre lo incómodo, sino para evitar que lo incómodo sea presentado con morbo, ignorancia o sesgo. Esa sería una posición responsable: reconocer la totalidad del pasado y ofrecer herramientas para comprenderlo. Lo otro, lo fácil, es limpiar el discurso y dejar solo aquello que produce aplausos.
Se entiende que ningún gobierno quiera promover una visión grotesca o reducida de las culturas originarias. Eso sería inadmisible. Pero una cosa es rechazar la estigmatización, y otra muy distinta caer en la omisión deliberada. El reto está en narrar con verdad, no en censurar con diplomacia.
Además, hay un riesgo político en estas decisiones simbólicas: tratar de administrar la historia desde el poder suele terminar por polarizar aún más a la sociedad. Porque mientras unos celebran una narrativa más “respetuosa”, otros perciben una manipulación. Y en medio de ese conflicto, lo que debería ser patrimonio común se convierte en campo de disputa ideológica. La historia deja de ser una herramienta de conocimiento y se vuelve un instrumento de conveniencia.
No se honra a los pueblos originarios ocultando sus contradicciones. Se les honra reconociendo su grandeza completa, con sus aportes inmensos y también con las prácticas que hoy pueden resultar difíciles de mirar. No se dignifica el pasado inventándole pureza. Se le dignifica aceptando que toda civilización humana, incluso las más admirables, tuvo claroscuros. Y lo mismo vale para la historia colonial y para la historia nacional posterior.
Porque si vamos a hablar con honestidad, entonces debe decirse todo: hubo sacrificios rituales en ciertas culturas mesoamericanas, sí; pero también hubo genocidio cultural, imposición religiosa, explotación y destrucción por parte de la conquista y del orden colonial, también. Hubo sabiduría ancestral, sí; pero hubo violencia estructural en distintos momentos históricos, también. Hubo resistencia indígena, sí; pero hubo mestizaje y recomposición social, también. Esa totalidad, y no una parte escogida, es la que nos explica.
Hoy más que nunca, en una época donde la política suele simplificarlo todo y las redes sociales reducen la discusión pública a consignas, hace falta defender la complejidad. Y defenderla incluso cuando no genera unanimidad. Incluso cuando rompe con la comodidad de los relatos heroicos. Incluso cuando obliga a aceptar que venimos de una historia dura, a veces dolorosa, pero profundamente formadora.
El Equinoccio tendría que ser un momento para eso: para mirar de frente la densidad histórica de Cholula y de México. No para repetir frases vacías sobre energía y tradición, ni para montar escenografías cómodas al gusto del poder en turno. Mucho menos para esconder aquello que puede generar preguntas difíciles. Porque una sociedad madura no es la que censura su pasado, sino la que aprende a discutirlo sin miedo.
Si se busca un acto más digno, más respetuoso y más pedagógico, entonces que se haga. Pero que se haga desde la verdad. Que se hable del esplendor prehispánico sin omitir sus prácticas rituales. Que se hable de la conquista sin convertirla en un relato plano. Que se reconozca el dolor histórico sin negar la realidad del mestizaje. Que se entienda, en suma, que nuestra identidad no nació de una pureza intacta, sino de una tensión histórica enorme que aún resuena en nuestros símbolos, en nuestras fiestas, en nuestras plazas y en nuestra manera de narrarnos.
La historia no debe servir para tranquilizar conciencias, limpiar discursos oficiales ni fabricar estampas cómodas. La historia debe incomodar cuando sea necesario, porque solo así enseña. Solo así nos obliga a vernos completos. Solo así deja de ser propaganda y se convierte en memoria.
Y si en esta ocasión se ha decidido quitar del centro el tema del sacrificio por petición de la presidenta Tonantzin Fernández, conviene decirlo con claridad: esa decisión podrá modificar el tono del evento, pero no cambiará la verdad histórica. Los hechos no desaparecen porque se omitan en una representación. Lo único que desaparece, cuando eso ocurre, es la honestidad con la que una sociedad se atreve a mirar su propio origen.
Se tiene que decir, Cholula no es todo, tampoco quienes quieren quitar la otra historia de la propia identidad. Los contrastes deben respetarse y las ideas como las crónicas de una historia no escrita debe respetarse.
No necesitamos una historia cómoda; necesitamos una historia completa. Porque los pueblos que maquillan su pasado terminan por confundir identidad con propaganda, y memoria con espectáculo.
Tan mexicanos con amplias raíces españolas e indígenas. Es nuestro Orgullo.