jueves, 26 de febrero de 2026

Políticas Públicas inhertes, el método. Sociedad sin ser escuchada y un periodismo sin respaldo: el discurso oficial y la realidad incómoda en Puebla

Políticas Públicas inhertes,  el método.   Sociedad sin ser escuchada y un periodismo sin respaldo:  el discurso oficial y la realidad incómoda en Puebla


Fernando Sandoval

 

En Puebla, el debate sobre el cablebús no es solamente técnico, es político y social. El proyecto impulsado por el gobernador Alejandro Armenta ha sido presentado como una solución de movilidad con enfoque social, similar a modelos implementados en otras ciudades del país. Sin embargo, la pregunta de fondo no es si el sistema funciona en abstracto, sino si responde a las prioridades reales de los poblanos. La realidad es no funcionará y no resolverá las verdaderas necesidades. No hay transporte en toda la zona conurbada.


¿Se está escuchando a la ciudadanía?

Cuando una obra pública genera más resistencia que consenso, el problema no siempre es la infraestructura, sino el proceso.
La crítica no gira únicamente en torno a la ruta —que, según se ha señalado, llegaría hasta La Resurrección pero no a las comunidades más marginadas—, sino al orden de prioridades:

  • Colonias que siguen pidiendo pavimentación básica.

  • Transporte público tradicional en condiciones deficientes.

  • Un clima de inseguridad que sigue siendo la principal preocupación ciudadana.

  • Falta de mantenimiento urbano en zonas populares.

  • Falta de áreas verdes.

Si la percepción ciudadana es que “nadie pidió esto”, entonces el gobierno enfrenta un déficit de comunicación política y de consulta pública.

Se está perdiendo el rumbo.

El tema ambiental: más que números

La reubicación de árboles adultos es otro punto sensible. No es solo un tema ecológico, es simbólico. La promesa de plantar 10 mil nuevos árboles suena ambiciosa, pero la ciudadanía sabe que un árbol joven no sustituye en el corto plazo a uno maduro.
Un árbol trasplantado no siempre sobrevive. Un árbol nuevo tarda más de una década en generar el mismo impacto ambiental. Ese es un argumento técnico que no puede minimizarse con discursos.

El gobernador y sus asesores, no piensan en conservación, en sobrevivir sino en plena imagen sin sustento social.

¿Capricho o visión de largo plazo?

El riesgo político para cualquier gobernador no es impulsar obra pública, sino hacerlo sin construir legitimidad social.
Un proyecto puede ser técnicamente viable, financieramente posible y urbanísticamente moderno, pero si no nace del consenso o al menos del diálogo abierto, se convierte en un símbolo de imposición.

La ciudadanía no está necesariamente en contra de una nueva vía de transporte. El mensaje que se escucha es otro:
“No así. No sin consulta. No sin atender antes lo urgente.”

El fondo del reclamo

La pregunta “¿tenemos un gobernador que no escucha?” es más poderosa que cualquier consigna. Porque no habla solo del cablebús; habla de participación, de prioridades y de respeto al sentir ciudadano.

Un liderazgo fuerte no es el que impone, sino el que corrige, ajusta y dialoga.


Si el gobierno estatal logra abrir mesas técnicas reales, transparentar estudios de impacto ambiental y justificar financieramente la obra frente a otras necesidades —seguridad, calles dignas, transporte público convencional— el debate cambiaría de tono.

Hoy el desafío no es construir torres y estaciones.


Es construir confianza.

Por otra parte,  el trabajo de los periodistas es muy importante en Puebla, el discurso oficial suele reconocer la importancia de la libertad de expresión, pero en los hechos no se han consolidado políticas públicas específicas que fortalezcan la estabilidad social y laboral de periodistas. Durante la administración del gobernador Alejandro Armenta, no se han presentado a la fecha  —al menos públicamente con reglas claras y padrones transparentes— programas de vivienda dirigidos al sector, ni esquemas sólidos de apoyo laboral que trasciendan convenios publicitarios o apoyos coyunturales.

Si no hay transporte para la sociedad menos para las giras de gobierno.  otro hecho.

El problema de fondo

El gremio periodístico enfrenta tres vulnerabilidades principales:

  1. Precariedad laboral – Muchos comunicadores trabajan sin seguridad social ni contratos formales.

  2. Dependencia económica de convenios oficiales – Lo que genera presiones indirectas sobre la línea editorial.

  3. Ausencia de política social diferenciada – No existen esquemas claros de acceso a vivienda, créditos blandos o fondos de contingencia.

Si el Estado reconoce al periodismo como actividad de interés público, tendría que traducirlo en políticas institucionales, no en apoyos discrecionales.

Vivienda: una deuda histórica

En otros sectores estratégicos —magisterio, fuerzas de seguridad, trabajadores sindicalizados— existen mecanismos de acceso preferencial a vivienda mediante convenios con institutos públicos o desarrolladores.
Para periodistas independientes o de medios locales, no hay un modelo similar estructurado.

Un programa serio podría contemplar:

  • Convenios con desarrolladoras para esquemas de crédito accesible.

  • Bolsa de vivienda social con criterios objetivos.

  • Transparencia en la asignación para evitar clientelismo.

Apoyo laboral y participación real

No se trata solo de recursos económicos. También es participación institucional:

  • Mesas permanentes de diálogo con medios locales e independientes.

  • Capacitación en materia de seguridad digital y cobertura de riesgo.

  • Fondos concursables para proyectos de investigación periodística.

  • Mecanismos claros de contratación publicitaria con reglas públicas.

Sin estos elementos, el mensaje que se envía es contradictorio: se exalta la libertad de prensa en el discurso, pero no se fortalece al gremio en la práctica.

La pregunta incómoda

¿Se quiere un periodismo profesional, crítico y sólido?
Entonces debe construirse política pública para ello.

El apoyo no puede depender de cercanía política ni de alineación editorial. Debe ser institucional, con reglas y vigilancia ciudadana.


Periodismo sin respaldo: el discurso oficial y la realidad incómoda en Puebla

En Puebla se habla con frecuencia de libertad de expresión. Se pronuncian discursos el 7 de junio, se publican mensajes institucionales y se presume respeto a la prensa. Pero cuando se revisa la política pública real hacia el gremio periodístico, el vacío es evidente.

Durante la administración del gobernador Alejandro Armenta no existe —con reglas claras, presupuesto etiquetado y padrones transparentes— un programa de vivienda para periodistas. Tampoco hay un esquema sólido de fortalecimiento laboral que rompa con la lógica de la precariedad.

Y eso no es menor.

La precariedad como forma de control

En Puebla, una gran parte del gremio vive en condiciones laborales inestables:

  • Sin seguridad social.

  • Sin contratos formales.

  • Sin garantías mínimas.

El problema no es solo económico, es político. Un periodista precarizado es un periodista vulnerable. Y un periodista vulnerable es más fácil de presionar.

Mientras no existan políticas públicas estructurales —no apoyos discrecionales ni convenios condicionados— el discurso oficial de respeto a la prensa queda en retórica.

Vivienda: promesas para unos, olvido para otros

El Estado ha generado históricamente esquemas de acceso a vivienda para sectores estratégicos: fuerzas de seguridad, sindicatos, trabajadores formales. ¿Por qué el periodismo no entra en esa categoría si cumple una función pública esencial?

No hay convenios anunciados.
No hay bolsa social específica.
No hay créditos preferenciales gestionados desde el gobierno estatal.

Lo que sí hay son relaciones publicitarias selectivas, donde el apoyo institucional suele depender de la cercanía política o la línea editorial.

Eso no es política pública. Es discrecionalidad.

Participación simulada

Tampoco existen mesas permanentes de diálogo donde los medios independientes puedan incidir en políticas de comunicación social. No hay fondos concursables para periodismo de investigación. No hay mecanismos transparentes de asignación de publicidad oficial con criterios públicos y auditables.

La consecuencia es clara:
El periodista que cuestiona, incomoda.
El que incomoda, queda fuera.

¿Mentira?

El mensaje político

Cuando un gobierno impulsa megaproyectos de infraestructura pero no destina recursos claros para fortalecer al gremio que documenta, fiscaliza y comunica la realidad, el mensaje es preocupante: la obra es prioridad; la prensa, no.

Un gobierno que se dice cercano al pueblo debería entender que fortalecer al periodismo no es un favor, es una inversión democrática.

Porque sin prensa libre y dignificada, no hay contrapeso.
Y sin contrapeso, el poder se vuelve cómodo.

La pregunta directa

¿Quiere el gobierno de Puebla un gremio profesional, independiente y fuerte?
Entonces que lo demuestre con presupuesto, reglas claras y políticas institucionales.

Lo demás —los discursos, los reconocimientos, las fotografías oficiales— son solo formas elegantes de evitar el fondo.




En Puebla, la precariedad del periodismo no es un error: es un método

En Puebla no existe una política pública para dignificar al gremio periodístico. No por descuido. No por falta de diagnóstico. Porque no conviene.

Durante el gobierno de Alejandro Armenta, el periodismo ha sido reducido a un papel incómodo: necesario para la propaganda institucional, prescindible para el diseño de políticas públicas. No hay programas de vivienda. No hay esquemas de fortalecimiento laboral. No hay participación real. Hay silencio administrativo y control político.

Precarizar para domesticar

Un periodista sin seguridad social, sin vivienda propia y sin estabilidad económica no es libre.
Es vulnerable.
Es presionable.
Es castigable.

La precariedad del gremio no es una consecuencia colateral del sistema: es parte del sistema. Mientras el periodista dependa de convenios discrecionales, de pagos tardíos o de la “buena voluntad” del funcionario en turno, la línea editorial deja de ser un ejercicio de libertad y se convierte en un acto de supervivencia.

Eso es grave. Eso es antidemocrático.

Vivienda: el abandono como política de Estado

El gobierno estatal ha sabido construir esquemas de vivienda para sectores que le resultan funcionales políticamente. Policías, burócratas, estructuras corporativas. Para el periodismo: nada.

Ni un programa piloto.
Ni un padrón.
Ni una convocatoria pública.

La omisión es el mensaje: el periodista no importa como sujeto social, solo como herramienta de difusión cuando conviene.

Publicidad oficial: premio o castigo

En Puebla no existe una política clara, equitativa y auditable de asignación de publicidad oficial. Existe una práctica:
— El que aplaude, cobra.
— El que cuestiona, desaparece del presupuesto.

Eso no es comunicación social. Es censura indirecta.
No se calla con amenazas, se asfixia con abandono económico.

Diálogo inexistente, participación simulada

No hay mesas permanentes con medios independientes.
No hay fondos para investigación periodística.
No hay capacitación institucional en seguridad para periodistas.

Lo que sí hay son eventos públicos, discursos vacíos y fotografías con “medios aliados”. El pluralismo se presume, pero no se practica.

El contraste obsceno

Mientras se anuncian obras millonarias, megaproyectos y planes de infraestructura de alto impacto mediático, el gremio que documenta la realidad vive en la informalidad y el riesgo.

Un gobierno que invierte más en imagen que en libertades no gobierna, administra propaganda.

La verdad incómoda

Un periodismo fuerte incomoda.
Un periodismo organizado exige.
Un periodismo con derechos no se somete.

Por eso no se le fortalece.
Por eso se le fragmenta.
Por eso se le mantiene en la orilla.

La pregunta final (y la acusación)

¿Es incapacidad del gobierno estatal o una decisión política mantener al periodismo en la precariedad?

Porque cuando el abandono es sistemático, prolongado y selectivo, ya no es omisión: es estrategia.

Y un gobierno que le teme a la prensa libre, le teme a la verdad.


Y la verdad no peca pero incomoda. 


Basta.

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