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martes, 5 de mayo de 2026

5 de Mayo: entre el desfile del poder, la propaganda y la incómoda voz de la historia

 

5 de Mayo: entre el desfile del poder, la propaganda y la incómoda voz de la historia

Las grandes falacias del discurso populista en tiempos un una sociedad pensante.




Por Fernando Sandoval

Cada año, la conmemoración de la Batalla de Puebla en Puebla se presenta como una ceremonia de unidad nacional. En 2026 no fue la excepción. El comunicado oficial insiste en una narrativa impecable: “más de 14 mil participantes protagonizaron el Desfile Cívico-Militar… en una jornada que proyectó al país la vigencia de la historia, la fortaleza institucional y el orgullo de ser mexicanas y mexicanos”.

El mensaje es claro: Estado fuerte, sociedad cohesionada, historia viva. Todo perfectamente alineado bajo la conducción de la presidenta Claudia Sheinbaum y el gobernador Alejandro Armenta Mier.

Sin embargo, detrás de esa escenografía cuidadosamente montada, surgen preguntas incómodas.

El propio comunicado subraya que la “participación ejemplar de Fuerzas Armadas, comunidad educativa y sociedad fortalece la cohesión social”. Pero esa cohesión parece más una aspiración discursiva que una realidad incuestionable. El despliegue militar —“3 mil 414 elementos del Ejército… 509 integrantes de la Guardia Nacional”, aeronaves, vehículos blindados y fuerzas especiales— no solo comunica orden, también proyecta poder. Y el poder, cuando se exhibe, no siempre cohesiona: también puede imponer.

Más aún, el evento incorpora a miles de estudiantes que, con “uniformes impecables, tablas rítmicas y mensajes de soberanía”, reproducen una narrativa oficial donde la ciudadanía ideal es disciplinada, alineada y celebratoria. La historia se convierte así en pedagogía política.

Pero el punto de quiebre no está solo en la narrativa, sino en las prácticas.

Mientras el Estado hablaba de institucionalidad y valores cívicos, en las calles —según reportes y testimonios— se distribuían artículos promocionales con nombre e imagen de la secretaria de Bienestar estatal, vinculando la conmemoración histórica con la promoción política. Abanicos, botellas de agua y materiales impresos circularon entre asistentes, introduciendo una lógica distinta: la del posicionamiento personal en medio de un acto cívico.

Aquí emerge la contradicción central: ¿cómo sostener un discurso de respeto a la legalidad y al Estado de derecho cuando un evento público de carácter histórico se convierte, aunque sea parcialmente, en plataforma de promoción política?

¿Y el INE? y ¿Las instituciones imparciales en la materia?

El problema no es menor. En un país donde la regulación electoral —bajo instituciones como el Instituto Nacional Electoral— establece límites claros a la propaganda personalizada, la mezcla de símbolos patrios y promoción individual erosiona la credibilidad institucional que el propio desfile pretende exaltar.

Y es en este punto donde la historia irrumpe —no la versión oficial, sino la incómoda.

¿Se tiene que gritar y denunciar para que se hagan las cosas como deben?

El general Ignacio Zaragoza, cuya figura se invoca como símbolo de unidad y patriotismo, dejó testimonios que distan mucho del relato idealizado. En uno de sus mensajes posteriores a la batalla advertía:

“para evitar noticias falsas y alarmas que en la traidora cuanto egoísta Puebla circulan. Esta Ciudad no tiene remedio.”

Más aún, en otra comunicación expresó con crudeza:

“¡Qué bueno sería quemar a Puebla!... Esta es una realidad lamentable.”

Estas palabras —lejos del heroísmo pulido— revelan una realidad fragmentada, conflictiva, profundamente humana. La Puebla que Zaragoza describe no es la del desfile ordenado ni la del discurso cohesionador, sino una sociedad dividida, desconfiada y atravesada por intereses.

La distancia entre ambas narrativas es abismal.

Por un lado, el Estado contemporáneo construye una representación donde “Puebla es corazón de la historia nacional y motor de transformación”. Por otro, el propio protagonista histórico deja entrever un contexto de tensiones internas, escasez de recursos y descontento social.

Esa tensión no ha desaparecido; solo se ha transformado.

Hoy, la disputa no es militar, sino simbólica. Se libra en el terreno de la narrativa: quién define el significado del pasado, quién lo utiliza y con qué fines. El desfile no es solo conmemoración; es también apropiación del relato histórico.

En este contexto, la pregunta no es si el 5 de mayo debe celebrarse —sin duda lo merece—, sino cómo se celebra y para quién. Cuando la memoria histórica se convierte en escenario de promoción política, y cuando el discurso de unidad convive con prácticas que lo contradicen, lo que está en juego no es solo la coherencia del gobierno en turno —incluido Morena—, sino la credibilidad misma de las instituciones.

La lección, paradójicamente, podría estar en el propio Zaragoza: la historia no es cómoda, no es uniforme, y no siempre sirve al poder sin resistencia.

Y quizás ahí radica su verdadero valor.

Zaragoza nació el 24 de marzo de 1829 en Bahía del Espíritu Santo, Intendencia de Coahuila, Hoy Texas E.U.A.  Tan solo por recordar. 



¿Y que hará el gobernador? ¿El fin Justificará los medios?. basta gritan muchos.

El problema no es el desfile.
No es la historia.
Ni siquiera es el poder.

El problema es la distancia entre lo que se dice y lo que se hace.

Mientras en Puebla se habla de “fortaleza institucional” y “orgullo nacional”, en las mismas calles donde se honra la Batalla de Puebla circula propaganda política disfrazada de cercanía social. Y entonces la pregunta deja de ser incómoda para volverse inevitable:


¿Dónde termina la conmemoración y dónde empieza la promoción?

Peor, ¿los telegramas inciertos?

"transcripción de dos telegramas enviados por Ignacio Zaragoza a la Secretaria de Guerra en mayo de 1862, poco después de la victoria del 5 de mayo contra los franceses:
===
Puebla, Mayo 7 de 1862.—Recibido en México a las 9 horas 35 minutos de la mañana.—E. S. Ministro de la Guerra.—El enemigo forma parapetos en el cerro de Amaluca y otro que a la misma altura forma puerto: tiene su trenes cubiertos con 1,500 hombres, y 300 que tendrá sobre los carros a nuestro frente. Él espera que lo ataquemos, pero esto lo pensaré bien. Fuerzas de los reaccionarios están en Cholula, pero es tal el orgullo de las nuestras que ni les llama la atención, desean que unidos nos ataquen. El General Antillón llegó a las 7 de la noche anterior. La persona que vd. me encarga que esté en la Oficina telegráfica no podrá decirle a vd. sino lo que yo le transmita, de modo que yo tendré cuidado de participar cuanto ocurra de interés para evitar noticias falsas y alarmas que en la traidora cuanto egoísta Puebla circulan. Esta Ciudad no tiene remedio. Hoy remitiré el parte circunstanciado de lo ocurrido el memorable día 5. —Zaragoza.”
Puebla Mayo 9 de 1862.—Recibido en México a las 11 horas 58 minutos de la mañana.—E. S., Ministro de Guerra.—El enemigo pernoctó en Amozoc y aun a las 7 de la mañana estaba allí.—Nuestra caballería lo hostiliza constantemente. En cuanto al dinero nada se puede hacer aquí porque esta gente es mala en lo general y sobre todo muy indolente y egoísta; sin embargo, acabo de mandar ver al Sr. Cabrera.—Hoy no he podido completar ni para un día de socorro económico, que importa $3,700 porque solo tiene la comisaría $3,300. La fuerza está sin socorro desde el día 5 y casi sin rancho.—¡Qué bueno sería quemar a Puebla! Está de luto por el acontecimiento del día 5. Esto es triste decirlo. Pero es una realidad lamentable.—Estoy preparando mi marcha sobre el enemigo; pero acaso no lo pueda verificar oportunamente por falta de recursos.—I. Zaragoza"

telegramas históricos del 7 y 9 de mayo de 1862

https://www.inehrm.gob.mx/es/inehrm/Los_telegramas_del_5_de_mayo

El gobierno que encabeza Alejandro Armenta Mier tiene frente a sí una decisión que no admite matices: o sostiene el discurso de legalidad con hechos, o confirma que el poder sigue operando bajo la vieja lógica donde todo se vale mientras funcione.

Porque cuando la historia se usa como escenografía, pero la legalidad se vuelve opcional, lo que se celebra no es la victoria de 1862…
sino la normalización de la incongruencia.

Y entonces sí, la respuesta queda sola:

No es que el fin justifique los medios.

Es que cuando nadie pone límites, los medios terminan definiendo el fin.

Y eso lo tiene que saber y eso lo tiene que cambiar. 

La historia se sigue escribiendo.


Basta.


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