5 de Mayo: entre el desfile del poder, la propaganda y la incómoda voz de la historia
Por Fernando Sandoval
Cada año, la conmemoración de la Batalla de Puebla en Puebla se presenta como una ceremonia de unidad nacional. En 2026 no fue la excepción. El comunicado oficial insiste en una narrativa impecable: “más de 14 mil participantes protagonizaron el Desfile Cívico-Militar… en una jornada que proyectó al país la vigencia de la historia, la fortaleza institucional y el orgullo de ser mexicanas y mexicanos”.
El mensaje es claro: Estado fuerte, sociedad cohesionada, historia viva. Todo perfectamente alineado bajo la conducción de la presidenta Claudia Sheinbaum y el gobernador Alejandro Armenta Mier.
Sin embargo, detrás de esa escenografía cuidadosamente montada, surgen preguntas incómodas.
El propio comunicado subraya que la “participación ejemplar de Fuerzas Armadas, comunidad educativa y sociedad fortalece la cohesión social”. Pero esa cohesión parece más una aspiración discursiva que una realidad incuestionable. El despliegue militar —“3 mil 414 elementos del Ejército… 509 integrantes de la Guardia Nacional”, aeronaves, vehículos blindados y fuerzas especiales— no solo comunica orden, también proyecta poder. Y el poder, cuando se exhibe, no siempre cohesiona: también puede imponer.
Más aún, el evento incorpora a miles de estudiantes que, con “uniformes impecables, tablas rítmicas y mensajes de soberanía”, reproducen una narrativa oficial donde la ciudadanía ideal es disciplinada, alineada y celebratoria. La historia se convierte así en pedagogía política.
Pero el punto de quiebre no está solo en la narrativa, sino en las prácticas.
Mientras el Estado hablaba de institucionalidad y valores cívicos, en las calles —según reportes y testimonios— se distribuían artículos promocionales con nombre e imagen de la secretaria de Bienestar estatal, vinculando la conmemoración histórica con la promoción política. Abanicos, botellas de agua y materiales impresos circularon entre asistentes, introduciendo una lógica distinta: la del posicionamiento personal en medio de un acto cívico.
Aquí emerge la contradicción central: ¿cómo sostener un discurso de respeto a la legalidad y al Estado de derecho cuando un evento público de carácter histórico se convierte, aunque sea parcialmente, en plataforma de promoción política?
¿Y el INE? y ¿Las instituciones imparciales en la materia?
El problema no es menor. En un país donde la regulación electoral —bajo instituciones como el Instituto Nacional Electoral— establece límites claros a la propaganda personalizada, la mezcla de símbolos patrios y promoción individual erosiona la credibilidad institucional que el propio desfile pretende exaltar.
Y es en este punto donde la historia irrumpe —no la versión oficial, sino la incómoda.
¿Se tiene que gritar y denunciar para que se hagan las cosas como deben?
El general Ignacio Zaragoza, cuya figura se invoca como símbolo de unidad y patriotismo, dejó testimonios que distan mucho del relato idealizado. En uno de sus mensajes posteriores a la batalla advertía:
“para evitar noticias falsas y alarmas que en la traidora cuanto egoísta Puebla circulan. Esta Ciudad no tiene remedio.”
Más aún, en otra comunicación expresó con crudeza:
“¡Qué bueno sería quemar a Puebla!... Esta es una realidad lamentable.”
Estas palabras —lejos del heroísmo pulido— revelan una realidad fragmentada, conflictiva, profundamente humana. La Puebla que Zaragoza describe no es la del desfile ordenado ni la del discurso cohesionador, sino una sociedad dividida, desconfiada y atravesada por intereses.
La distancia entre ambas narrativas es abismal.
Por un lado, el Estado contemporáneo construye una representación donde “Puebla es corazón de la historia nacional y motor de transformación”. Por otro, el propio protagonista histórico deja entrever un contexto de tensiones internas, escasez de recursos y descontento social.
Esa tensión no ha desaparecido; solo se ha transformado.
Hoy, la disputa no es militar, sino simbólica. Se libra en el terreno de la narrativa: quién define el significado del pasado, quién lo utiliza y con qué fines. El desfile no es solo conmemoración; es también apropiación del relato histórico.
En este contexto, la pregunta no es si el 5 de mayo debe celebrarse —sin duda lo merece—, sino cómo se celebra y para quién. Cuando la memoria histórica se convierte en escenario de promoción política, y cuando el discurso de unidad convive con prácticas que lo contradicen, lo que está en juego no es solo la coherencia del gobierno en turno —incluido Morena—, sino la credibilidad misma de las instituciones.
La lección, paradójicamente, podría estar en el propio Zaragoza: la historia no es cómoda, no es uniforme, y no siempre sirve al poder sin resistencia.
Y quizás ahí radica su verdadero valor.
Zaragoza nació el 24 de marzo de 1829 en Bahía del Espíritu Santo, Intendencia de Coahuila, Hoy Texas E.U.A. Tan solo por recordar.
¿Y que hará el gobernador? ¿El fin Justificará los medios?. basta gritan muchos.
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